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12 Nov 2008 
Ana Flavia de mi vida, todo esto te parecerá muy lejano pero para entenderme tendrás que soportar esta breve introducción. Hace algunos años fuimos invadidos por un aluvión de literatura de autoayuda y motivación, recuerdo que tus abuelos quedaron impresionados luego de leer aquel Best Seller de Wayne Dyer titulado "Tus zonas erróneas" y más impresionados luego cuando el mismo Dyer publicó "Tus zonas mágicas". Eran infaltables en una tertulia comentarios que hacían referencia a muchos de estos libros con optimistas consejos de vida, recetas para ser feliz y ejercicios de motivación que con indudable buena fè los amigos recomendaban como literatura de cabecera. Han pasado algunos años y la fiebre se ha extendido con velocidad vertiginosa, es muy sencillo encontrar títulos como “El mejor lugar del mundo es aquí mismo”, “La edad de los milagros”, “Un trabajo con alma”, “De felicidad también se vive”, “El arte de la felicidad”, “Las 7 leyes espirituales del éxito”, “Los 100 secretos de la gente feliz”. Estos sólo son algunos de los títulos más solicitados en book stores y todos –en teoría por lo menos- te llevan de la mano por el camino que conduce a la felicidad, al éxito o a donde se nos ocurriera dirigirnos. Sería absurdo pretender hacer una reseña de los variados temas, de los caminos indicados, consejos esbozados e ideales perseguidos. Mi propósito con esta introducción es contarte mi escepticismo respecto a esta filosofía que nació y creció conmigo, mis dudas respecto a esos caminos y consejos, mi definitiva certeza acerca del efímero poder de motivación que producen y de la inusual capacidad de cambio que generan. Seguro estaremos de acuerdo en que la mayoría de los que alguna vez leímos algunas de estas recetas para vivir experimentamos un cambio que con optimismo duró apenas un par de semanas, cuando no terminó antes de concluir el tedioso libro o cuando la idea de ser ideales nos abandonó durante el sueño que producen esas líneas. Seguramente también de esas ambiciosas intensiones de contribuir con la humanidad fecundaron experiencias exitosas, seguramente muchos cambiaron sus vidas y hoy son felices u otros por lo menos aprendimos frases aleccionadoras que repetimos en momentos claves, lo cual nos hace parecer inteligentes, experimentados y felices.
De esos libros hija mía, no aprendí nada, la verdad es que no leí muchos pues en los primeros intentos me convencí de lo inviable de aplicar recetas para vivir, de lo relativo que es la felicidad y de lo pretencioso que resulta querer descubrir un tesoro siguiendo los pasos del poseedor del mapa. Si algo me dejaron esas lecturas y las innumerables conferencias de motivación y autoayuda que recibí – a propósito de mi formación profesional- es la certeza de valorar las propias experiencias y de poder obtener de ellas aquellas lecciones que nos transmitan sabiduría para poder decidir mejor y en consecuencia vivir mejor. Quería hablarte esta vez de una experiencia inusual en mi vida, por la fé y la motivación que me ha transmitido. Muchas cosas son motor y motivo de mi vida, de hecho tu eres el principal de todas ellas. Sin embargo, hace algunos años conocí a un buen amigo que se ha convertido en ese libro que me negué a leer pero que en los momentos más complicados aparece frente a mí y me deja leer de sus páginas de optimismo y sensatez. Son contadas aquellas lecturas que recuerdo haber realizado para motivarme, menos aún las que han logrado transmitirme optimismo, pocas las historias que tomé con atención y apliqué en lo cotidiano, pocas las personas en las que busqué consuelo, en las que descubrí sabiduría, en las que encontré fé . A este gran amigo nunca le pedí un consejo y siempre tuvo uno para darme, nunca le di uno pero siempre confió en mis sugerencias. Nunca lo busqué en un momento difícil y estuvo en todos los recientes, nunca busqué en él descanso pero encontré una fuerza que comparte lo pesado de mis flaquezas, nunca esperé la inyección de optimismo, confianza y especialmente de fé que recibo cada vez que con su mano apoyada en mi hombro manipula mi lúgubre horizonte y lo pinta de color esperanza. Pareciera un libro que se escribe a mi medida, un libro ideado para mi, que encaja con los momentos que vivo, un libro escrito con tinta hecha de amistad sincera y recíproca que aunque no tenga la receta de mi felicidad, tiene la fuerza y la fé que necesito para ser mejor cada día. Seguramente hija mía, por la descripción que te estoy dando pensarás que hablo de tu abuelo o de tu abuela, de quienes recibí las más grandes lecciones que he aprendido en la vida y de quienes en el futuro aprenderás muchas de las cosas que aprendí yo en estos treinta años, pero no es de ellos de quien hablo en este post, es de Alfonso.¿lo recuerdas? Aquel amigo con el que pasamos algunas horas maravillosas en Huacachina cuando apenas tenías dos años. Te preguntarás –así como yo lo hago- como es que puede Alfonso llegar a mi mente y a mi corazón con ese mensaje tan claro y prometedor. Te sorprenderás cuando te cuente que aún no he podido descubrir dónde está esa mágica conexión.
Nuestra amistad no es reciente, tampoco es de larga data; y si en el este camino he de compararlo con un libro debería decir que encontré en él un promisorio inicio, recorren sus primeras páginas una incomprensible pero admirable manera de ver la vida con alegría y esperanza, una convicción inquebrantable de vivir buscando la felicidad anhelada hasta en los más simples momentos, una vocación de desprendimiento y compromiso casi patológica y una capacidad de entregar amor indescriptible. Puedo deducir entonces que el final será feliz y que para conocerlo deberé –con inusitada ilusión por el tipo de lectura- atravesar esas palabras que se escribirán sobre las páginas de mi vida en los próximos años en los que seguiré disfrutando de su amistad. Todos los buenos libros tienen una cubierta inspiradora. Una ilustración sugerente e impactante que dibuja la solidez del contenido, que resalta la magia de la idea y promueve la ilusión de una nueva y buena lectura que entretenga, que ilusione que alimente. Qué mejor cubierta que Diana, esposa y compañera de Alfonso, quien complementa la profundidad de la obra con su calidez y belleza, con su tenacidad y alegría, con ese testimonio conmovedor de posibilidad y con ese apetito voraz de amor a la brasa con ají peruano. Somos afortunados Ana Flavia, hemos sido bendecidos con amigos como ellos, tengo la suerte de tener mi propio libro de motivación y autoayuda que me habla mirándome a los ojos, que me tiende la mano y abraza, que me llama por teléfono y escribe correos electrónicos, que tiene la palabra correcta en el momento adecuado y que se escribe al ritmo de mis antojadizos requerimientos, un libro de motivación que imagínate…funciona. Sé que cuando iniciaba estas conversaciones anticipadas contigo prometí que seríamos egoístas y que solamente me dirigiría a ti, debo disculparme pues en ocasiones deberás ceder porque muchas de las cosas que iré escribiendo tendrán además de ti otros destinatarios. Esta vez compartirás la atención de la narrativa con Alfonso y Dianita, a quienes a través de estas líneas quiero agradecer por estar -aunque a la distancia- cerca de mis complicados días, por haber renovado la fé y la motivación que a veces pierdo, por haber compartido momentos que serán imperecederos en mi vida y que han sido un oasis en este paisaje desértico, por haber impregnado de amistad y cariño los kilómetros de carretera que recorrimos, por enseñarme a subir a ese caballito de humildad hecho de totora, por mostrarme ese chorro de pasión que desde su corazón pude ver en el cielo, por esa voluntad que parece un cerro azul de esperanza , por dejarme en ese último abrazo la posibilidad de seguir contando con ellos en adelante y finalmente por convencerme que soy un león que aún está dormido y que debe despertar... ya!

Admin · 181 vistas · 2 comentarios
08 Mar 2008 
Quisiera que supieran que la visión de esta iniciativa era contarles –y por supuesto a ti, hija mía- de forma paulatina y cronológica la inconmensurable experiencia de la paternidad que diariamente experimento. Sin embargo es oportuno disculparme con ustedes por el súbito divorcio que evidencia este post de la idea original.
El ahora es un momento muy especial. Es toda una revolución batallada con cambios muy profundos en mi vida que con ilusión enfrento esperanzado en cosechar los frutos en el futuro mediato. Las cosas cambiaron Ana Flavia, me mudé a otra ciudad y con mi partida he redescubierto que mi mundo gira en torno al tuyo, como la tierra alrededor del sol.  Es por eso que de mi nostalgia ha surgido la imperiosa necesidad de escribirte hoy.
Nunca antes hablé de esto pero fue muy difícil separarme de tu madre, había construido alrededor de ustedes una idílica fantasía tallada a la medida de mis esperanzas. El proyecto familiar soñado que fue telúricamente destruido. Lo más complicado del proceso fue separarme de ti, separarme de tus besos, de tus juegos, de tu amor del que bebí a diario, de tu sonrisa que me recibió todas las noches al llegar a casa. Ha sido difícil desde entonces, complicado hacerme la idea de vivir separado de ti, imposible acostumbrarme a visitarte por momentos en un ambiente nuevo - tuyo y de tu madre – en el que me siento extraño, perdido.
Me pregunto a diario si notaste mi ausencia, si sientes la misma sensación de vació que llena mi pecho por las noches, si cuando piensas en mi –como yo lo hago en ti- te ahoga ese nudo en la garganta que no me deja hablar y tus ojos rebalsan de nostalgia como lo hacen los míos al recordarte abrazándome con aquella mágica energía. Hay quienes dicen que a tu cortísima edad –recién cumpliste 2 años hace unos días- no te das cuenta del significado de mi ausencia en casa, me niego a aceptar que nuestros momentos juntos no han marcado tu vida como lo han hecho con la mía.Quisiera saber si me extrañas hija, si recuerdas todas esas pequeñas cosas en las que pienso cada instante. Muero por correr persiguiéndote alrededor de la mesa del salón de la casa, por saltar sobre la cama viendo tus ojos llorosos de tanto reír. Quisiera pensar que también extrañas las cosas que compartimos, que cada vez que llaman a la puerta por las mañanas piensas que soy yo que vengo por ti para llevarte al colegio. Que tomados de la mano esperamos en la acera mientras eliges el taxi que debo tomar y que al llegar me llevas –aun de la mano- hasta tu salón de clase donde se exhiben en las paredes tus coloridos progresos. Y las visitas a casa de los abuelos, ellos también soñaron un presente distinto y lamentan -tanto como yo lo hago- la distancia que la vida puso entre nosotros. Han sido cortos nuestros momentos pero inagotables las sensaciones que dejas en nuestras vidas cada vez que colmas la casa con tu jubilosa presencia.
Envidio a tu madre, que forma parte de tus días, que disfruta de tus momentos, que te protege de los miedos, que observa  tus adelantos  y aprehensiones, que recorre de tu mano el camino que yo anhelaba mostrarte para que llegues a salvo. En cambio yo soy apenas unos segundos al teléfono, esa voz que escuchas en aquel aparato cuyo funcionamiento aún no descubres y  al que consideras apenas un juguete circunstancial. Se vienen a mi mente tus palabras, en ese idioma que solo nosotros entendemos y que hemos construido mezclando afecto y alegría.Calculo las horas en las que inequívocamente estarás  con tu madre - generalmente a la hora del almuerzo o por las noches cuando termina tu día para llamarte a su teléfono móvil esperando hablarte. Casi siempre tengo suerte y puedo escuchar alguna tímida frase con la que me acarician tus labios. Me pregunto porque en el teléfono te muestras menos desenvuelta, usualmente eres muy comunicativa conmigo pero en esas ocasiones casi no me respondes y cuando lo haces son respuestas lindas pero asistidas por tu madre. Imagino pequeña, lo complicado que será imaginar que soy yo la voz en el teléfono, esa voz que insiste en recordarte que te ama y te extraña, esa voz que pregunta por tus juegos, si comiste la “papita” o si viste tus programas favoritos en TV, pero cuando descubras el núcleo del asunto y comprendas que del gracioso aparato con el que juegas depende nuestro acercamiento habitual quedarás convencida de que estuve ahí cada día de tu vida, al otro lado de la línea  esperando que me bendigas con uno de tus “te amo papito”.
Finalmente hija mía, continuo esperando que el tiempo nos conduzca por nuevos caminos, de esos que podremos recorrer de la mano como lo hacíamos cuando estábamos juntos. Ilusionado sueño con un futuro nuestro lleno de cariño, de momentos felices, de anhelos cumplidos, de comprensión, de ti y de mí. Mientras tanto, cada vez que mires al cielo –aquel que nos une en su inmensidad- y veas una estrella, debes saber que es mi amor…que te sigue y cuida de ti.

Admin · 166 vistas · 3 comentarios
03 Dic 2007 


El 16 de febrero fue un día memorable, distinto a aquellos otros días  importantes que suceden de vez en cuando y que contienen las más variadas experiencias. Ese día me convertí en padre y experimenté una de las sensaciones más extrañas e intensas que alguien  puede sentir. Ese día vi  por primera vez a Ana Flavia, mi hija , escuché su primer llanto, toqué por primera vez–aunque con pánico- sus delicadas manitos, disfruté de ese delicioso aroma a bebé que hasta hoy me seduce y aunque seguramente no comprendía mis palabras, esa fue la primera vez que le dije cuanto la amo. Había esperado algún tiempo vestido con la bata, el gorro y la mascarilla –verdes todos por cierto- de aquellas que usan los médicos en sus faenas quirúrgicas, no podía esperar a que dieran la orden para mi ingreso pues debía presenciar ese momento memorable y registrarlo en imágenes para el recuerdo.Ya había pasado casi una hora desde que las condujeron  a la sala de partos cuando la enfermera responsable se acercó a mi y con tono amenazador –que llevaba implícito un serénese-  me ordenó que ingresara. No es que esperara llegar a una fiesta pero el panorama era terrible, es dramático el sufrimiento que sienten las mujeres durante el parto y es también dramático el pavor que sentimos los hombres que hemos tenido la suerte de presenciarlo. Realmente había perdido de vista mi papel en esa obra para convertirme en un manojo de nervios. Sudando de pies a  cabeza de forma desproporcionada y fría no sabía que decirle a mi esposa, no se si en ese momento servía de apoyo o estorbaba mi presencia. No podía sostener la cámara fotográfica que llevaba en las manos, en realidad no podía sostenerme en pie por mis propios medios. Sólo observaba atónito el feroz procedimiento ejecutado con magistralidad por el galeno y la pujante voluntad de la novel madre buscando terminar con tan traumática experiencia.  


No salía de mi asombro cuando de repente -casi en un segundo imperceptible- la vi venir al mundo. Vestida con sangre y aún unida a su madre por el cordón umbilical, lloraba incansablemente mientras con dificultad ejercitaba sus sentidos de estreno. Intentaba, con aprieto, abrir sus ojos, movía los dedos de sus manitos, sus brazos y sus piernecitas, como buscando encontrar el habitual entorno –ese denso, oscuro y húmedo-   que la cobijó durante estos meses.  Para ella todo es nuevo y extraño, todo distinto y enigmático. No sólo para ella, también lo es para mí.


Seguía muy nervioso, con ese nudo en la garganta que intentas digerir pues parece que explotará conforme la emoción aumenta. Con los ojos brillantes como un arroyo en el que se reflejan las estrellas, evitando algún impertinente pestañeo que delate la caudalosa intensidad que por ellos discurre, impaciente por tenerla en mis brazos, segura, saludable y amada. Fue inútil tratar de contener la emoción que sentí cuando la ví, era evidente que no podría conservar la serenidad pues ni siquiera podía mantener firme la cámara mientras tomaba las fotografías de rigor, de hecho casi todas las tomas que hice eran malas –en extremo movidas- ya que en ese momento mis manos –todo mi cuerpo en realidad- vibraban aceleradamente  como mi corazón.El pediatra recibió a la niña luego de cortado el cordón umbilical. Era un buen momento para observar –ya con más calma y atención- lo bella que es mi hija pues la confusión anterior limitaba la agudeza de mis sentidos. Comenzó a evaluar su condición motora mediante movimientos continuos en sus pequeñas extremidades, lo hacia con tanta naturalidad que temía que se quebraran sus muy frágiles brazos o piernas. ¿Uds. Han visto como manipulan a los pollos en los mercados? . Sí, exactamente, esa es la forma en la que manipulan a los niños cuando nacen, al parecer es parte de la estimulación o la voluntad de prolongar el sufrimiento de este padre que espantado mira tan dolorosa rutina. No te preocupes Arnaldo –me dijo sonriente el pediatra- tu hija nació saludable, pesa 4.100 kgs  y mide 51 cms, es una hermosa bendición de Dios. Antes de pasarla a la sala contigua –para asearla y colocarle su primera muda de ropa- la acercaron a su madre para que lactara, fue conmovedor verlas juntas nuevamente pero en distinta dimensión. Llegó entonces mi momento, en la sala contigua vigilaba cada detalle mientras la enfermera aseaba y cambiaba a la niña, mientras lo hacía hablaba conmigo. ¿De qué? En realidad no tengo ni idea porque estaba concentrado en admirar cada gesto, cada movimiento, cada cosa que hacia la encantadora niña a quien le di la vida. Una vez concluida la tarea de la enfermera nos quedamos solos, éramos solamente Ana Flavia y yo, padre e hija.Fue la primera vez que la tuve en mis brazos, que puse mi dedo índice en la palma de su mano –el cual apretó con sus minúsculos deditos- para sentir su reconfortante energía. Fue la primera vez que hablé con ella mirándola a los ojos, la primera vez que miró los míos que la esperaban impacientes. Fue imposible contener el llanto, demasiada emoción para guardarla en mi mismo, demasiada alegría, demasiado premio para mi vida por el que agradezco a Dios todos los días..A través de las lunas –que daban a la sala de espera- mis padres y mis amigos más cercanos esperaban su turno para acercarse a verla, para estrecharme en innumerables abrazos y buenos deseos que hasta hoy –y para siempre- conservo y agradezco. Fue bueno verlos ahí –como siempre en los momentos memorables en mi vida-  compartiendo ese 16 de febrero del 2006, el día más importante en mi vida. Hoy, emocionado nuevamente al recordarlo, comparto con ustedes y contigo hija mía la inmensa felicidad que sentí cuando llenaste mi vida con tu irremplazable presencia, con tus preciosos y enormes ojos en los que me miro, con tu sonrisa encantadora, con el amor que me das cada día.   






Admin · 282 vistas · 7 comentarios
24 Nov 2007 
El 15 de Febrero -luego de la agotadora jornada de trabajo- asistí a la reunión que un buen amigo mío organizaba por el día de su cumpleaños en un conocido Hotel en Huacachina (Oasis natural ubicado a 5 Km. de ICA). Había mucha expectativa entre los compañeros de trabajo pues la celebración prometía. Una parrilla alrededor de la piscina sazonada con un buen wisky y la excelente compañía de los amigos era un pretexto perfecto para salir de la rutina esa calurosa noche de verano. La velada era perfecta, aunque yo tenía una preocupación: lo lejano de nuestra ubicación no permitía la adecuada recepción de la señal de telefonía móvil, lo que me aislaba de la ciudad y por lo tanto de casa. Este detalle hubiera sido perfecto –es obvio que evadir el control es conveniente de vez en cuando- de no ser porque la cuenta regresiva para el parto había comenzado y era perfectamente factible que cualquiera de aquellos días aparecieran los temidos dolores.No podía estar tranquilo, era complicado celebrar embargado de tanta incertidumbre y ansiedad, me sentía mal por disfrutar este momento mientras ella –la madre- padecía los últimos días del difícil período de gestación.   Pasada la media noche decidí retirarme pues la situación era insoportable, ante la insistencia de los amigos me vi obligado a explicar lo incómodo  que me encontraba al no tener noticias de casa, y ante lo razonable de mis argumentos cesaron en su intento de retenerme. Luego de despedirme de todos partí a casa mucho más aliviado.Acompañado de infinidad de ideas –una sobre otra producto de los varios tragos que me tomé- transcurrió el camino, por fin llegué y cuando crucé la puerta encontré a mi entonces esposa retorciéndose a causa de las contracciones -que aunque no tan seguidas- anunciaban lo cercano de aquel instante tan ansiado.Calculo que el dolor era mucho y la prisa demasiada pues no escuche reproche alguno –raro tomando en cuenta alguna otra de mis esporádicas salidas a beber con los amigos- sólo insistentes arengas para que apresure el paso y nos desplacemos hacia la clínica donde ya todos estaban alertados de nuestra llegada. Así lo hice, me di un baño y maletín en mano salimos hacia el centro de la ciudad –lugar donde se encuentra la clínica en la que Ana Flavia nacería- en un taxi pues no estaba en condiciones de conducir, debo aclarar que no por los estragos del alcohol, si no por lo ansioso que me encontraba. Una vez en la clínica comenzó todo el proceso de hospitalización  y la primera evaluación. El Dr. Saavedra luego de revisarla nos advirtió que las contracciones eran aún leves y que tomaría algunas horas llegar al nivel de dilatación apropiado para iniciar los trabajos de parto. Se inició una larga y monótona espera matizada por los gritos que de vez en cuando decoraban el pasillo, las visitas de nuestros preocupados familiares y las periódicas revisiones que el doctor realizaba. No podía creer que llegaba el momento de ser padre, esa sensación que a lo largo de la vida se presenta primero como una utopía durante la niñez, una posibilidad lejana durante la adolescencia, un deseo postergable durante la juventud, hasta convertirse en una hermosa realidad que –voluntariamente o a patadas como en mi caso- te propone el más poderoso motivo para superarte: los hijos. Es la primera vez que realmente me pongo a pensar lo trascendente que significa en la vida de las personas la paternidad, una magnífica oportunidad para entender el irreprochable proceder de mis padres, sus preocupaciones, sus detalles, sus cuidados. Una nueva pero extraña forma de ver las cosas inunda mis reflexiones sobre el pasado, el presente y el maravilloso futuro que construiré junto con Ana Flavia.    Las horas pasaban lentas, parecían un eterno sendero que por fin culminaría a las 8 de la noche del 16 de febrero –18 horas más tarde- momento en que ambas – Ana Flavia y su madre – ingresarían  a la sala de partos seguidas de mi atenta mirada. Serán los últimos instantes en los que permanezcan unidas –literalmente hablando- pues Ana Flavia está muy inquieta esperando salir de ese mundo húmedo y oscuro para encontrarse conmigo...su padre. 

¿No les pasa que cuando esperan algo -con mucha ansiedad- el tiempo se esmera en caminar lento? 


Admin · 197 vistas · 0 comentarios
17 Nov 2007 
Hubiera querido poder contarles que un día llegué a casa, donde mi amada esposa me esperaba con la feliz noticia. Serás padre! me diría mientras suavemente recorría su vientre con las manos y con lágrimas en los ojos aún abriríamos una botella de vino -de aquellas costosas que sólo se abren en ocasiones especiales- para celebrar que llegó el momento que por años esperé.
La realidad era que ni tenia casa propia, ni una amada esposa, ni la noticia era feliz. Todo lo contrario. Una llamada telefónica con agónico tono de temor y preocupación mezclados, una relación de años en su peor crisis y 300 Km de incertidumbre sobre un futuro que por años planeé -y que veía desvanecerse en segundos- fueron la banda sonora de la película de terror en que se convertía mi vida en ese instante. Así me enteraba que sería papá. 
Recuerdo haber tardado algunas semanas en poner en orden mis ideas luego del caos provocado por el impacto de tamaño anuncio. Era momento de hacerme la idea de un cambio radical de planes, momento de replantear mi idea de futuro y enfrentarlo en función al concreto presente. Pronto sería padre y formaría una familia.
Pasaron los días y luego de poner en orden algunas cosas -propias de la solteria, inapropiadas para mi nueva vida- comencé a planear el escenario para la llegada de mi bebe. Habían muchas cosas que hacer y tan poco tiempo para hacerlas que debería correr. Parecía un sueño - una pesadilla por momentos - en solamente unos días mi vida habia cambiado tan brúscamente que me sentía un extraño en ella.
Cada uno tiene su idea de la paternidad y por lo tanto fue complicado ponernos de acuerdo en casi todo. Hubo polémica en cosas tan absurdas como acertar el sexo por ejemplo, todos en ejercicio de sus facultades psíquicas creen tener elementos para reconocer -por la forma de la barriga o por cualquier otro antojadizo motivo- si será varón o mujercita. Yo quería un varoncito, mi primogénito, siempre lo imaginé de ese modo. Era lógico, mi experiencia con mi padre ha sido tan buena que era mi deseo -lo es aún- vivirla desde su perspectiva.
Todo mis amigos apostaban que sería mujer. De serlo, con ella las pagaría todas, decían en alución a mi inmerecida -o merecida tal vez- reputación de mujeriego. Cada quincena esperaba que la ecografía correspondiente confirmara mis anhelos, sin embargo cada quincena se confirmaban mis temores: sería niña. 
Confirmado el asunto y hecha la idea que tendríamos una princesa en casa, continuó la polémica para escoger su nombre. Ana Flavia era el escogido, en realidad ya lo tenia claro desde hace muchos años, aunque conforme se acercaba el día del parto más dudas me entraban al respecto.
Por fin todo quedaba listo (aunque los concensos seguian ausentes): el doctor, la clínica, la cuna, el coche, los ropones y mantas,  los primeros pañales, el maletín que llavaremos al hospital, los celulares cargados y con saldo para notificar el inicio de los dolores del parto...todo está ok.
Te estamos esperando Ana Flavia...no tardes.

¿Cómo se enteraron que serían padres?...
     
Admin · 160 vistas · 0 comentarios