No salía de mi asombro cuando de repente -casi en un segundo imperceptible- la vi venir al mundo. Vestida con sangre y aún unida a su madre por el cordón umbilical, lloraba incansablemente mientras con dificultad ejercitaba sus sentidos de estreno. Intentaba, con aprieto, abrir sus ojos, movía los dedos de sus manitos, sus brazos y sus piernecitas, como buscando encontrar el habitual entorno –ese denso, oscuro y húmedo- que la cobijó durante estos meses. Para ella todo es nuevo y extraño, todo distinto y enigmático. No sólo para ella, también lo es para mí.
Seguía muy nervioso, con ese nudo en la garganta que intentas digerir pues parece que explotará conforme la emoción aumenta. Con los ojos brillantes como un arroyo en el que se reflejan las estrellas, evitando algún impertinente pestañeo que delate la caudalosa intensidad que por ellos discurre, impaciente por tenerla en mis brazos, segura, saludable y amada. Fue inútil tratar de contener la emoción que sentí cuando la ví, era evidente que no podría conservar la serenidad pues ni siquiera podía mantener firme la cámara mientras tomaba las fotografías de rigor, de hecho casi todas las tomas que hice eran malas –en extremo movidas- ya que en ese momento mis manos –todo mi cuerpo en realidad- vibraban aceleradamente como mi corazón.El pediatra recibió a la niña luego de cortado el cordón umbilical. Era un buen momento para observar –ya con más calma y atención- lo bella que es mi hija pues la confusión anterior limitaba la agudeza de mis sentidos. Comenzó a evaluar su condición motora mediante movimientos continuos en sus pequeñas extremidades, lo hacia con tanta naturalidad que temía que se quebraran sus muy frágiles brazos o piernas. ¿Uds. Han visto como manipulan a los pollos en los mercados? . Sí, exactamente, esa es la forma en la que manipulan a los niños cuando nacen, al parecer es parte de la estimulación o la voluntad de prolongar el sufrimiento de este padre que espantado mira tan dolorosa rutina. No te preocupes Arnaldo –me dijo sonriente el pediatra- tu hija nació saludable, pesa 4.100 kgs y mide 51 cms, es una hermosa bendición de Dios. Antes de pasarla a la sala contigua –para asearla y colocarle su primera muda de ropa- la acercaron a su madre para que lactara, fue conmovedor verlas juntas nuevamente pero en distinta dimensión. Llegó entonces mi momento, en la sala contigua vigilaba cada detalle mientras la enfermera aseaba y cambiaba a la niña, mientras lo hacía hablaba conmigo. ¿De qué? En realidad no tengo ni idea porque estaba concentrado en admirar cada gesto, cada movimiento, cada cosa que hacia la encantadora niña a quien le di la vida. Una vez concluida la tarea de la enfermera nos quedamos solos, éramos solamente Ana Flavia y yo, padre e hija.Fue la primera vez que la tuve en mis brazos, que puse mi dedo índice en la palma de su mano –el cual apretó con sus minúsculos deditos- para sentir su reconfortante energía. Fue la primera vez que hablé con ella mirándola a los ojos, la primera vez que miró los míos que la esperaban impacientes. Fue imposible contener el llanto, demasiada emoción para guardarla en mi mismo, demasiada alegría, demasiado premio para mi vida por el que agradezco a Dios todos los días..A través de las lunas –que daban a la sala de espera- mis padres y mis amigos más cercanos esperaban su turno para acercarse a verla, para estrecharme en innumerables abrazos y buenos deseos que hasta hoy –y para siempre- conservo y agradezco. Fue bueno verlos ahí –como siempre en los momentos memorables en mi vida- compartiendo ese 16 de febrero del 2006, el día más importante en mi vida. Hoy, emocionado nuevamente al recordarlo, comparto con ustedes y contigo hija mía la inmensa felicidad que sentí cuando llenaste mi vida con tu irremplazable presencia, con tus preciosos y enormes ojos en los que me miro, con tu sonrisa encantadora, con el amor que me das cada día.
Sindicación