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24 Nov 2007 
El 15 de Febrero -luego de la agotadora jornada de trabajo- asistí a la reunión que un buen amigo mío organizaba por el día de su cumpleaños en un conocido Hotel en Huacachina (Oasis natural ubicado a 5 Km. de ICA). Había mucha expectativa entre los compañeros de trabajo pues la celebración prometía. Una parrilla alrededor de la piscina sazonada con un buen wisky y la excelente compañía de los amigos era un pretexto perfecto para salir de la rutina esa calurosa noche de verano. La velada era perfecta, aunque yo tenía una preocupación: lo lejano de nuestra ubicación no permitía la adecuada recepción de la señal de telefonía móvil, lo que me aislaba de la ciudad y por lo tanto de casa. Este detalle hubiera sido perfecto –es obvio que evadir el control es conveniente de vez en cuando- de no ser porque la cuenta regresiva para el parto había comenzado y era perfectamente factible que cualquiera de aquellos días aparecieran los temidos dolores.No podía estar tranquilo, era complicado celebrar embargado de tanta incertidumbre y ansiedad, me sentía mal por disfrutar este momento mientras ella –la madre- padecía los últimos días del difícil período de gestación.   Pasada la media noche decidí retirarme pues la situación era insoportable, ante la insistencia de los amigos me vi obligado a explicar lo incómodo  que me encontraba al no tener noticias de casa, y ante lo razonable de mis argumentos cesaron en su intento de retenerme. Luego de despedirme de todos partí a casa mucho más aliviado.Acompañado de infinidad de ideas –una sobre otra producto de los varios tragos que me tomé- transcurrió el camino, por fin llegué y cuando crucé la puerta encontré a mi entonces esposa retorciéndose a causa de las contracciones -que aunque no tan seguidas- anunciaban lo cercano de aquel instante tan ansiado.Calculo que el dolor era mucho y la prisa demasiada pues no escuche reproche alguno –raro tomando en cuenta alguna otra de mis esporádicas salidas a beber con los amigos- sólo insistentes arengas para que apresure el paso y nos desplacemos hacia la clínica donde ya todos estaban alertados de nuestra llegada. Así lo hice, me di un baño y maletín en mano salimos hacia el centro de la ciudad –lugar donde se encuentra la clínica en la que Ana Flavia nacería- en un taxi pues no estaba en condiciones de conducir, debo aclarar que no por los estragos del alcohol, si no por lo ansioso que me encontraba. Una vez en la clínica comenzó todo el proceso de hospitalización  y la primera evaluación. El Dr. Saavedra luego de revisarla nos advirtió que las contracciones eran aún leves y que tomaría algunas horas llegar al nivel de dilatación apropiado para iniciar los trabajos de parto. Se inició una larga y monótona espera matizada por los gritos que de vez en cuando decoraban el pasillo, las visitas de nuestros preocupados familiares y las periódicas revisiones que el doctor realizaba. No podía creer que llegaba el momento de ser padre, esa sensación que a lo largo de la vida se presenta primero como una utopía durante la niñez, una posibilidad lejana durante la adolescencia, un deseo postergable durante la juventud, hasta convertirse en una hermosa realidad que –voluntariamente o a patadas como en mi caso- te propone el más poderoso motivo para superarte: los hijos. Es la primera vez que realmente me pongo a pensar lo trascendente que significa en la vida de las personas la paternidad, una magnífica oportunidad para entender el irreprochable proceder de mis padres, sus preocupaciones, sus detalles, sus cuidados. Una nueva pero extraña forma de ver las cosas inunda mis reflexiones sobre el pasado, el presente y el maravilloso futuro que construiré junto con Ana Flavia.    Las horas pasaban lentas, parecían un eterno sendero que por fin culminaría a las 8 de la noche del 16 de febrero –18 horas más tarde- momento en que ambas – Ana Flavia y su madre – ingresarían  a la sala de partos seguidas de mi atenta mirada. Serán los últimos instantes en los que permanezcan unidas –literalmente hablando- pues Ana Flavia está muy inquieta esperando salir de ese mundo húmedo y oscuro para encontrarse conmigo...su padre. 

¿No les pasa que cuando esperan algo -con mucha ansiedad- el tiempo se esmera en caminar lento? 


Admin · 200 vistas · 0 comentarios
17 Nov 2007 
Hubiera querido poder contarles que un día llegué a casa, donde mi amada esposa me esperaba con la feliz noticia. Serás padre! me diría mientras suavemente recorría su vientre con las manos y con lágrimas en los ojos aún abriríamos una botella de vino -de aquellas costosas que sólo se abren en ocasiones especiales- para celebrar que llegó el momento que por años esperé.
La realidad era que ni tenia casa propia, ni una amada esposa, ni la noticia era feliz. Todo lo contrario. Una llamada telefónica con agónico tono de temor y preocupación mezclados, una relación de años en su peor crisis y 300 Km de incertidumbre sobre un futuro que por años planeé -y que veía desvanecerse en segundos- fueron la banda sonora de la película de terror en que se convertía mi vida en ese instante. Así me enteraba que sería papá. 
Recuerdo haber tardado algunas semanas en poner en orden mis ideas luego del caos provocado por el impacto de tamaño anuncio. Era momento de hacerme la idea de un cambio radical de planes, momento de replantear mi idea de futuro y enfrentarlo en función al concreto presente. Pronto sería padre y formaría una familia.
Pasaron los días y luego de poner en orden algunas cosas -propias de la solteria, inapropiadas para mi nueva vida- comencé a planear el escenario para la llegada de mi bebe. Habían muchas cosas que hacer y tan poco tiempo para hacerlas que debería correr. Parecía un sueño - una pesadilla por momentos - en solamente unos días mi vida habia cambiado tan brúscamente que me sentía un extraño en ella.
Cada uno tiene su idea de la paternidad y por lo tanto fue complicado ponernos de acuerdo en casi todo. Hubo polémica en cosas tan absurdas como acertar el sexo por ejemplo, todos en ejercicio de sus facultades psíquicas creen tener elementos para reconocer -por la forma de la barriga o por cualquier otro antojadizo motivo- si será varón o mujercita. Yo quería un varoncito, mi primogénito, siempre lo imaginé de ese modo. Era lógico, mi experiencia con mi padre ha sido tan buena que era mi deseo -lo es aún- vivirla desde su perspectiva.
Todo mis amigos apostaban que sería mujer. De serlo, con ella las pagaría todas, decían en alución a mi inmerecida -o merecida tal vez- reputación de mujeriego. Cada quincena esperaba que la ecografía correspondiente confirmara mis anhelos, sin embargo cada quincena se confirmaban mis temores: sería niña. 
Confirmado el asunto y hecha la idea que tendríamos una princesa en casa, continuó la polémica para escoger su nombre. Ana Flavia era el escogido, en realidad ya lo tenia claro desde hace muchos años, aunque conforme se acercaba el día del parto más dudas me entraban al respecto.
Por fin todo quedaba listo (aunque los concensos seguian ausentes): el doctor, la clínica, la cuna, el coche, los ropones y mantas,  los primeros pañales, el maletín que llavaremos al hospital, los celulares cargados y con saldo para notificar el inicio de los dolores del parto...todo está ok.
Te estamos esperando Ana Flavia...no tardes.

¿Cómo se enteraron que serían padres?...
     
Admin · 164 vistas · 0 comentarios