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12 Nov 2008 
Ana Flavia de mi vida, todo esto te parecerá muy lejano pero para entenderme tendrás que soportar esta breve introducción. Hace algunos años fuimos invadidos por un aluvión de literatura de autoayuda y motivación, recuerdo que tus abuelos quedaron impresionados luego de leer aquel Best Seller de Wayne Dyer titulado "Tus zonas erróneas" y más impresionados luego cuando el mismo Dyer publicó "Tus zonas mágicas". Eran infaltables en una tertulia comentarios que hacían referencia a muchos de estos libros con optimistas consejos de vida, recetas para ser feliz y ejercicios de motivación que con indudable buena fè los amigos recomendaban como literatura de cabecera. Han pasado algunos años y la fiebre se ha extendido con velocidad vertiginosa, es muy sencillo encontrar títulos como “El mejor lugar del mundo es aquí mismo”, “La edad de los milagros”, “Un trabajo con alma”, “De felicidad también se vive”, “El arte de la felicidad”, “Las 7 leyes espirituales del éxito”, “Los 100 secretos de la gente feliz”. Estos sólo son algunos de los títulos más solicitados en book stores y todos –en teoría por lo menos- te llevan de la mano por el camino que conduce a la felicidad, al éxito o a donde se nos ocurriera dirigirnos. Sería absurdo pretender hacer una reseña de los variados temas, de los caminos indicados, consejos esbozados e ideales perseguidos. Mi propósito con esta introducción es contarte mi escepticismo respecto a esta filosofía que nació y creció conmigo, mis dudas respecto a esos caminos y consejos, mi definitiva certeza acerca del efímero poder de motivación que producen y de la inusual capacidad de cambio que generan. Seguro estaremos de acuerdo en que la mayoría de los que alguna vez leímos algunas de estas recetas para vivir experimentamos un cambio que con optimismo duró apenas un par de semanas, cuando no terminó antes de concluir el tedioso libro o cuando la idea de ser ideales nos abandonó durante el sueño que producen esas líneas. Seguramente también de esas ambiciosas intensiones de contribuir con la humanidad fecundaron experiencias exitosas, seguramente muchos cambiaron sus vidas y hoy son felices u otros por lo menos aprendimos frases aleccionadoras que repetimos en momentos claves, lo cual nos hace parecer inteligentes, experimentados y felices.
De esos libros hija mía, no aprendí nada, la verdad es que no leí muchos pues en los primeros intentos me convencí de lo inviable de aplicar recetas para vivir, de lo relativo que es la felicidad y de lo pretencioso que resulta querer descubrir un tesoro siguiendo los pasos del poseedor del mapa. Si algo me dejaron esas lecturas y las innumerables conferencias de motivación y autoayuda que recibí – a propósito de mi formación profesional- es la certeza de valorar las propias experiencias y de poder obtener de ellas aquellas lecciones que nos transmitan sabiduría para poder decidir mejor y en consecuencia vivir mejor. Quería hablarte esta vez de una experiencia inusual en mi vida, por la fé y la motivación que me ha transmitido. Muchas cosas son motor y motivo de mi vida, de hecho tu eres el principal de todas ellas. Sin embargo, hace algunos años conocí a un buen amigo que se ha convertido en ese libro que me negué a leer pero que en los momentos más complicados aparece frente a mí y me deja leer de sus páginas de optimismo y sensatez. Son contadas aquellas lecturas que recuerdo haber realizado para motivarme, menos aún las que han logrado transmitirme optimismo, pocas las historias que tomé con atención y apliqué en lo cotidiano, pocas las personas en las que busqué consuelo, en las que descubrí sabiduría, en las que encontré fé . A este gran amigo nunca le pedí un consejo y siempre tuvo uno para darme, nunca le di uno pero siempre confió en mis sugerencias. Nunca lo busqué en un momento difícil y estuvo en todos los recientes, nunca busqué en él descanso pero encontré una fuerza que comparte lo pesado de mis flaquezas, nunca esperé la inyección de optimismo, confianza y especialmente de fé que recibo cada vez que con su mano apoyada en mi hombro manipula mi lúgubre horizonte y lo pinta de color esperanza. Pareciera un libro que se escribe a mi medida, un libro ideado para mi, que encaja con los momentos que vivo, un libro escrito con tinta hecha de amistad sincera y recíproca que aunque no tenga la receta de mi felicidad, tiene la fuerza y la fé que necesito para ser mejor cada día. Seguramente hija mía, por la descripción que te estoy dando pensarás que hablo de tu abuelo o de tu abuela, de quienes recibí las más grandes lecciones que he aprendido en la vida y de quienes en el futuro aprenderás muchas de las cosas que aprendí yo en estos treinta años, pero no es de ellos de quien hablo en este post, es de Alfonso.¿lo recuerdas? Aquel amigo con el que pasamos algunas horas maravillosas en Huacachina cuando apenas tenías dos años. Te preguntarás –así como yo lo hago- como es que puede Alfonso llegar a mi mente y a mi corazón con ese mensaje tan claro y prometedor. Te sorprenderás cuando te cuente que aún no he podido descubrir dónde está esa mágica conexión.
Nuestra amistad no es reciente, tampoco es de larga data; y si en el este camino he de compararlo con un libro debería decir que encontré en él un promisorio inicio, recorren sus primeras páginas una incomprensible pero admirable manera de ver la vida con alegría y esperanza, una convicción inquebrantable de vivir buscando la felicidad anhelada hasta en los más simples momentos, una vocación de desprendimiento y compromiso casi patológica y una capacidad de entregar amor indescriptible. Puedo deducir entonces que el final será feliz y que para conocerlo deberé –con inusitada ilusión por el tipo de lectura- atravesar esas palabras que se escribirán sobre las páginas de mi vida en los próximos años en los que seguiré disfrutando de su amistad. Todos los buenos libros tienen una cubierta inspiradora. Una ilustración sugerente e impactante que dibuja la solidez del contenido, que resalta la magia de la idea y promueve la ilusión de una nueva y buena lectura que entretenga, que ilusione que alimente. Qué mejor cubierta que Diana, esposa y compañera de Alfonso, quien complementa la profundidad de la obra con su calidez y belleza, con su tenacidad y alegría, con ese testimonio conmovedor de posibilidad y con ese apetito voraz de amor a la brasa con ají peruano. Somos afortunados Ana Flavia, hemos sido bendecidos con amigos como ellos, tengo la suerte de tener mi propio libro de motivación y autoayuda que me habla mirándome a los ojos, que me tiende la mano y abraza, que me llama por teléfono y escribe correos electrónicos, que tiene la palabra correcta en el momento adecuado y que se escribe al ritmo de mis antojadizos requerimientos, un libro de motivación que imagínate…funciona. Sé que cuando iniciaba estas conversaciones anticipadas contigo prometí que seríamos egoístas y que solamente me dirigiría a ti, debo disculparme pues en ocasiones deberás ceder porque muchas de las cosas que iré escribiendo tendrán además de ti otros destinatarios. Esta vez compartirás la atención de la narrativa con Alfonso y Dianita, a quienes a través de estas líneas quiero agradecer por estar -aunque a la distancia- cerca de mis complicados días, por haber renovado la fé y la motivación que a veces pierdo, por haber compartido momentos que serán imperecederos en mi vida y que han sido un oasis en este paisaje desértico, por haber impregnado de amistad y cariño los kilómetros de carretera que recorrimos, por enseñarme a subir a ese caballito de humildad hecho de totora, por mostrarme ese chorro de pasión que desde su corazón pude ver en el cielo, por esa voluntad que parece un cerro azul de esperanza , por dejarme en ese último abrazo la posibilidad de seguir contando con ellos en adelante y finalmente por convencerme que soy un león que aún está dormido y que debe despertar... ya!

Admin · 184 vistas · 2 comentarios